Todos tenemos secretos
Hacía más de un año que Martín se había instalado en Córdoba, buscando iniciar una nueva vida lejos de las sombras de su pasado. Creyó que, por costoso, el edificio de Nueva Córdoba sería un lugar decente. El tiempo le reveló la cruda realidad sobre sus vecinos directos, con los que compartía el palier. Desde el departamento B bramaba una banda sonora de terror: insultos, golpes brutales, gritos de mujer. Un espectáculo que invitaba a la imaginación, en el silencio cómplice del edificio. Este secreto a voces se repetía todas las semanas, y nadie, absolutamente nadie, intervenía. Todos saludaban a la pareja cuando se la cruzaban en el pasillo, nadie preguntaba acerca de los ocasionales moretones que el maquillaje no alcanzaba a cubrir.
Martín tampoco preguntaba nada. A solas, trataba de consolarse, y se decía que, al fin y al cabo, todos tenemos secretos.
Hacía más de un año que Martín se había instalado en Córdoba, buscando iniciar una nueva vida lejos de las sombras de su pasado. Creyó que, por costoso, el edificio de Nueva Córdoba sería un lugar decente. El tiempo le reveló la cruda realidad sobre sus vecinos directos, con los que compartía el palier. Desde el departamento B bramaba una banda sonora de terror: insultos, golpes brutales, gritos de mujer. Un espectáculo que invitaba a la imaginación, en el silencio cómplice del edificio. Este secreto a voces se repetía todas las semanas, y nadie, absolutamente nadie, intervenía. Todos saludaban a la pareja cuando se la cruzaban en el pasillo, nadie preguntaba acerca de los ocasionales moretones que el maquillaje no alcanzaba a cubrir.
Y no solo el del B. ¿Qué se podía decir, por ejemplo, sobre el respetable diputado del C? Un pilar de la moral pública, casado con una angelical figura que cada tanto adornaba la tapa de la revista Caras. Ella parecía sacada de un viejo video de Palito Ortega, pero en alta definición y vestida a la moda actual. Un detalle importante: el diputado no vivía en el edificio, solo lo usaba ocasionalmente. Martín había observado su honorable sombra, algún que otro jueves a la noche o incluso los fines de semana, deslizarse furtivamente de la mano de sombras mucho más jóvenes, probablemente menores de edad: nínfulas trágicas arrancadas de algún relato macabro.
Alguna que otra vez, Martín había interceptado en el palier a algunas de estas niñas, con la mirada extraviada, claramente bajo la influencia de sustancias y placeres clandestinos. El diputado, por su parte, se sumergía en una vorágine de hedonismo descarado. Un secreto brutalmente obsceno, brutalmente visible, brutalmente ignorado.
A medida que la noche avanzaba, Martín encontraba tranquilidad en su orden. Cada objeto en su lugar, cada evento planificado en su tiempo. Eso ofrecía un bálsamo ante el caos que se agitaba fuera de las paredes de su departamento. Además, esa noche era especial, y su necesidad de mantener todo bajo control lo urgía más que nunca, así como el deseo de distanciarse de las turbulencias externas. Decidido a fortalecer el precario dique que había construido contra el río turbulento de su consciencia, se entregó completamente a la tarea de preparar la cena. Este acto era más que una rutina, era una declaración de dominio sobre su entorno, sus secretos, su vida.
Su departamento lucía impecable. Las pesadas cortinas colgaban, alineadas, para tamizar la luz naranja del atardecer, y creaban un suave juego de sombras sobre los acabados de mármol y las superficies pulidas. Había dispuesto la mesa con sobria elegancia: velas blancas, vajilla de plata con grabados, y un fino mantel color crema.
La cocina despedía un aroma tentador a risotto con champiñones,y una selección cuidadosa de jazz suave flotaba en el aire. Sí, todo en su lugar: desde el vino enfriándose hasta los detalles más pequeños de la decoración.
Comprobó su apariencia en el espejo del pasillo: traje ajustado, peinado a la moda. Parecía una persona decente. Salvo, quizás, por esa sombría preocupación en sus ojos… A pesar de que durante un tiempo considerable había mantenido bajo control su… condición, por así decirlo, las interacciones sociales siempre le recordaban que el dique no era invencible, que el río podía desbordarse en cualquier momento.
Todos tenemos secretos, se decía, es momento de superarlo. Esta noche sería la gran oportunidad para demostrarse a sí mismo que podía llevar una vida normal.
Seguía revisando meticulosamente cada detalle. Al abrir el cajón de los cubiertos en busca de un cucharón, sus dedos tropezaron con un blister de laxantes. Recordó que los había comprado hacía un par de meses, en un momento de debilidad. En un impulso incontrolable, sacó dos pastillas y las molió en el mortero. Se dejó el polvo a un lado, como un ingrediente más, "por si acaso". Pero este acto, que parecía una respuesta automática a su ansiedad, se integró sin esfuerzo en el orden meticuloso que había creado. Era como si el destino desafiara su aparente control. Él no se dejaría vencer.
Cuando al fin sonó el timbre, Martín sintió una descarga de nerviosismo. Abrió la puerta y encontró a Lucía, radiante y sonriente, ajena a los preparativos que él había hecho con tanto cuidado.
—Hola, qué lindo departamento —dijo ella, con una voz quizá más aguda que su voz natural.
—Gracias —respondió Martín, intentando que su voz sonara tan normal y acogedora como el escenario que había preparado—. Pasá, espero que tengas hambre.
Tras cerrar la puerta, Martín echó una última mirada al baño, recordándose que debía mantener la calma. Todo está bajo control, se dijo, mientras coqueteaba con Lucía. Martín estaba decidido a tener una relación con ella, una relación tan normal como la de todos, aunque sabía que la verdadera prueba de la noche aún estaba por llegar. El dique debía aguantar. Sí, el dique aguantaría.
La cena empezó con la normalidad planeada. Lucía, impresionada por la elegancia de la mesa y la calidez del ambiente, elogió el esfuerzo de su anfitrión.
—No todos los días se cena en un lugar tan lindo, con una compañía tan agradable. Superaste mis expectativas.
Martín sonrió, agradecido por el comentario. El río se amansaba.
—Ya debe estar el plato principal, voy a fijarme.
En efecto, probó el risotto. Estaba listo: cremoso, suave, con la densidad justa, amarronado por los champiñones. Y vio, ahí, tan cerca de la olla, tan a la mano, tan lejos de los ojos de Lucía, el polvo de laxante… El río, ahora, se agitaba más y más. Y el dique… el dique…
Volvió a la cocina con los dos platos.
—Espero que te guste el risotto, es una receta especial —dijo, mientras servía los platos. El “especial” llevaba un doble sentido que solo él podía apreciar. El vapor del risotto casi que les tapaba las caras.
Durante la cena, la conversación fluyó sobre temas triviales: música, películas recientes, planes futuros. Martín tenía una habilidad natural para seducir mujeres, sabía que podía entretener a Lucía por horas. Ese nunca había sido su problema. Ni eso, ni el dinero, ni el aspecto físico. Lucía reía, disfrutaba del vino y elogiaba el risotto.
—Me tenés que decir tu receta secreta…
—Justo es una combinación de hierbas que encontré en un viejo libro de cocina. Me alegra que te guste.
Martín se excusó para ir al baño, Fue, y verificó que todo estuviera en orden. Al terminar, tiró de la cadena. No advirtió, o no quiso advertir, que la mochila no se estaba recargando. Una jugada del destino, una sombra oscura y caprichosa había cortado el agua sin previo aviso.
Concentrado en mantener su fachada de tranquilidad, no se dio cuenta del problema que se estaba gestando. Volvió a la sala, y notó que Lucía parecía ligeramente incómoda, quizás empezaba a sentir el efecto de las pastillas.
—¿Está todo bien? —preguntó él, con una preocupación fingida.
—Sí, sí, todo perfecto. Me parece que tomé mucho vino de golpe.
Martín sabía que solo era cuestión de tiempo antes de que Lucía necesitara usar el baño. Le sugirió pasar al living para disfrutar de un último trago. Ella aceptó con una sonrisa.
Mientras servía las copas con manos que apenas temblaban, Martín intentó sofocar la tormenta de pensamientos. Los minutos se agrandaban y se rompían, como olas potentes sacudiendo el dique, la fachada de su normalidad. Sospechaba, casi con un deseo oculto, que los hilos invisibles del destino se tensaban a su alrededor, conspirando para quebrar el equilibrio de la noche. Flotaba en el aire una anticipación densa y pegajosa.
Por fin, la naturaleza reclamó lo que le pertenecía. Lucía, con un gesto de confusión y urgencia, se disculpó y se apresuró hacia el baño. Martín se quedó en el salón, el corazón latiendo desbocado, cada tic del reloj resonando como un trueno. Intentó concentrarse en los acordes suaves del jazz, pero su mente se aferraba al baño, y la sombra se hacía cada vez más grande y más negra.
Unos minutos después, Lucía salió del baño con una mezcla de vergüenza y desconcierto:.
—Disculpá, Martín, parece que no hay agua —murmuró, incapaz de mirarlo a los ojos.
Martín asintió, comprensivo.
—No te preocupes, de vez en cuando pasa. Dejame que te busque un balde. Hay una canilla de agua corriente en el palier, así te ahorrás la incomodidad acá.
Lucía, visiblemente aliviada, asintió y esperó mientras Martín iba a la cocina. En ese breve trayecto, él seguía debatiendose en una tormenta de emociones. Y el dique… ¿qué dique? Solo una cucharadita, se dijo, sólo una, para calmar el impulso.
Tomó el balde, y se lo entregó a Lucía con manos temblorosas.
—Tomá. Yo... yo me quedo acá, arreglando unas cosas.
Lucía agarró el balde y salió del departamento, dejando la puerta del palier entreabierta. Martín se quedó a solas con su desesperación. Los pies lo llevaron de vuelta al baño, casi contra su voluntad. Se paró frente a la puerta, de espaldas al inodoro: respiraba hondo, tratando de convencerse de dar media vuelta.
Pero entró.
El olor era fuerte, un recordatorio visceral de lo que estaba a punto de hacer. Solo una cucharadita, se repitió, y se acercó al inodoro con movimientos mecánicos, como los de una marioneta. La luz del baño lo hacía todo demasiado real, demasiado insoportable.
Se agachó. Cuchara en mano, temblando ya sin pudores, tomó una porción del abundante manjar que Sofía le había dejado. Se lo llevó a la boca, y tragó.
El momento se dilataba, cada segundo de degustación era un hermoso infierno, un alivio tortuoso. Y, al final, no fue una cucharadita. Imposible conformarse con una cucharadita.
Hasta que escuchó, casi al mismo tiempo que los pasos, el grito de horror. Lucía había vuelto más rápido de lo esperado, y con el balde lleno. Y él… él, encerrado en su goce, no había escuchado nada.
Todo se detuvo: el tiempo, el sonido, el mundo.
Hasta que Lucía dejó caer el balde, y el movimiento volvió. Aunque todo sucedía en cámara lenta, como sobre cristal quebradizo. El agua se desp arramaba por el suelo como un espejo derretido. Y Martín se miró en el espejo real, el del baño. Se vio la cara sucia, convertida en una máscara negruzca. Vio la inútil súplica en sus ojos, y la boca empastada, incapaz de explicar lo inexplicable.
Primero, Sofía vomitó en el piso. Después, corrió hacia la puerta:
—¡Auxilio! ¡Ayuda!
Martín se quedó de rodillas, mirando el risotto que había preparado con tanto esmero. Apenas había cambiado de forma.
Alertados por los gritos, los vecinos se fueron juntando en el palier. Él los oía murmurar con una mezcla de curiosidad, alarma y malévolo entusiasmo. El del “B” irrumpió en el departamento de Martín:
—¿Qué mierda está pasando acá?—gritó con esa voz tan suya, tan inconfundible: la que Martín había escuchado tantas veces a través de las paredes. Lo agarró del brazo y lo levantó como a un muñeco. Martín, todavía temblando y con la cara manchada, seguía sin articular palabra.
Desde el umbral de la puerta, entre sollozos, Lucía seguía gritando:
—Es un enfermo, ¡es un enfermo!
Y se puso a correr de nuevo, dejando detrás una estela de vecinos curioso.
La policía llegó minutos después. Se encontraron a Martín, visiblemente perturbado y sucio, y los vecinos reunidos discutiendo lo ocurrido. Salvo por el honorable diputado, que se había escabullido discretamente. Sí estaba la vecina del "B", con la cara maquillada en un intento vano de ocultar un moretón. Observaba todo en silencio, con una mezcla de miedo y curiosidad. Su marido, en cambio, se indignaba ostentosamente: “Qué barbaridad”.
Los oficiales, tras considerar la situación, decidieron que Martín no podía ser detenido. El acto, aunque repugnante, no constituía delito alguno.
Tras el escándalo y la humillación de aquella noche, Martín ya no pudo salir de la sombra de sus secretos. Nunca olvidaría la vergüenza y el asco en los ojos de Lucía. Ya había visto antes esos ojos, aunque los había visto en otros ojos, en otras Lucías.
Antes del amanecer, tomó una decisión drástica pero necesaria. En la penumbra, recogió lo poco que pudo llevarse y abandonó para siempre su departamento de Córdoba .
Todos tenemos secretos, se recordó a sí mismo, mientras pasaba por el departamento del diputado.
Fin