La enmascarada



El celular vibró sobre la mesa de luz. La pantalla iluminada cortó la penumbra del cuarto, donde el aire parecía más denso que de costumbre. Martín parpadeó; tenía los ojos abiertos desde hacía rato. Se pasó la mano por la cara y lo agarró con dedos temblorosos, asegurándose de que Laura siguiera dormida a su lado. Desbloqueó el dispositivo y abrió la aplicación. El ícono de OnlyFans brillaba como un ojo maligno azulado, y un pequeño punto verde parpadeó junto a su nombre: la webcam estaba activa, siempre lo estaba con ella.

La Enmascarada está en línea —anunciaba la notificación.

Martín se deslizó fuera de la cama con movimientos calculados. Laura se removió ligeramente, pero no despertó. Él la conocía bien, después de tantos años de matrimonio; su sueño era profundo, especialmente después de un día entero enseñando en el colegio Manuel Belgrano.

Se encerró en el baño, y se sentó en el borde de la bañera. La luz azulada de la pantalla le daba a sus rasgos un aspecto cadavérico. A sus cuarenta y seis años, Martín Herrera tenía lo que muchos considerarían una vida exitosa: médico respetado en una ciudad importante, una hermosa casa propia en el centro de Catamarca, y una familia que funcionaba como se esperaba. Su hijo Mateo era un chico de quince años como cualquier otro, absorbido por la computadora y el fútbol. Camila, de diecinueve años, se había mudado a Buenos Aires hacía seis meses para estudiar una de esas porquerías relacionadas con las redes, que a Martín no le interesaban en lo más mínimo.

Sin embargo algo se había roto dentro de él. O quizás siempre había estado roto, y solo ahora se daba cuenta.

Todo había empezado tres meses atrás, cuando la curiosidad lo llevó a explorar páginas que nunca antes había visitado. "Solo para ver", se había dicho a sí mismo. Una suscripción casual aquí, un perfil aleatorio allá. Contenido que consumía mecánicamente, sin verdadera satisfacción.

Hasta que la encontró a ella.

La Enmascarada no era como las demás. Mientras otras chicas competían por atención con escotes pronunciados y promesas explícitas, ella guardaba silencio. Siempre llevaba puesta una máscara blanca, sencilla, que cubría toda su cara excepto los ojos. Nunca hablaba. Nunca escribía mensajes directos, aunque el pequeño punto verde de su pantalla dejaba claro que podía verlo, que siempre lo veía.

En sus videos, aparecía envuelta en un conjunto de encaje negro discreto que apenas se insinuaba bajo la tenue luz de las velas, dejando entrever su silueta con movimientos pausados, midiendo cada gesto antes de ejecutarlo como si temiera romper el aura a su alrededor. A veces, levantaba una mano con una leve vacilación, midiendo el espacio antes de reclamarlo. Cuando se giraba, lo hacía con suavidad, evitando movimientos bruscos, como si alguien la estuviera observando desde demasiado cerca. Su figura parecía encogerse, como si tratara de ocupar el menor espacio posible.

Había algo en ella que lo obsesionaba. No era vulgaridad lo que ofrecía, sino misterio. No gritaba por atención; a veces, incluso daba la impresión de querer desaparecer. Pero esa distancia, ese aire esquivo, solo lograba atraerlo más. Era un lienzo perfecto para proyectar fantasías, deseos ocultos, pensamientos que ni siquiera se atrevía a reconocer ante sí mismo.

Martín ingresó al perfil de La enmascarada y vio que había publicado una nueva transmisión, "Exclusivo para suscriptores Premium". Su dedo tembló sobre la pantalla. Ya había gastado más de lo que podía permitirse ese mes, pero la necesidad era más fuerte que la razón.

Completó la transacción. El video empezó a reproducirse.

La habitación de piedra apareció en pantalla. La Enmascarada vestía completamente de negro, su figura envuelta en sombras que hacían resaltar la blancura de su máscara inexpresiva. Como de costumbre, se mantenía quieta por largos segundos antes de moverse. Cada gesto era pequeño, medido, maravilloso, desesperante.

Martín sintió esa conocida mezcla de excitación, vergüenza, deseo, y repulsión hacia sí mismo. Por un instante se imaginó arrancándole la máscara con sus propias manos, no para verla, sino para obligarla a mirarlo a él. Sacudió la cabeza, pero la idea no se fue del todo.

Le escribió un mensaje privado, aunque sabía que probablemente no obtendría respuesta:

—Me gustaría verte sin la máscara.

Para su sorpresa, esta vez hubo respuesta. No con palabras, sino con un gesto. La Enmascarada, una vez más, pareció encogerse tímidamente, como si la pantalla misma la hubiera acorralado. Bajó la cabeza y luego la alzó de nuevo, con un movimiento tan sutil que hasta podía pasar por un reflejo involuntario. Finalmente, negó con la cabeza, lento, siempre lento, evitando cualquier gesto brusco. 

—Puedo pagar más —escribió Martín, con un leve temblor en las manos.

La transmisión se cortó abruptamente.

Martín se quedó mirando la pantalla negra, y su reflejo fantasmal le devolvió la mirada. ¿En qué se estaba convirtiendo? Volvió al dormitorio. Laura dormía pacíficamente, ajena a la tormenta que se agitaba dentro de su marido.

“Solo es curiosidad”, se dijo a sí mismo mientras se acostaba. Puedo dejar de hacerlo cuando quiera.

La primera de muchas mentiras que se contaría en los meses siguientes.

La transición había sido gradual pero implacable, como en todas las adicciones. Durante el primer mes, cuando “solo por curiosidad” entró en la plataforma, Martín se limitaba a ver los videos que La Enmascarada compartía con todos sus suscriptores. Para el segundo mes, ya había contratado su primer "chat privado", aunque ella nunca respondía con palabras, solo con sutiles gestos que él interpretaba desesperadamente.

“Me gustaría verte hacer algo distinto”, le escribió una noche. La Enmascarada inclinó levemente la cabeza. Al día siguiente, publicó un video más sugerente, pero siempre manteniendo esa aura de misterio que la hacía única.

Para el tercer mes, Martín había configurado las notificaciones para saber exactamente cuándo ella se conectaba. Llegó a fingir enfermedades para faltar al trabajo los días en que ella anunciaba transmisiones especiales. Su jefe ya lo miraba con recelo, y su rendimiento laboral, antes impecable, se había deteriorado.

El dinero, o más bien la falta de él, se convirtió en un problema. Su salario no daba para sus nuevos gastos. Primero fueron pequeñas cantidades de sus ahorros personales. Luego se puso a retirar dinero de la cuenta destinada a la universidad de los hijos. Finalmente, vendió uno de los departamentos que había heredado de su padre. Pagando un precio muy alto por el silencio.

—Quiero algo exclusivo —le escribió a La Enmascarada después de transferirle una cantidad considerable—. Algo que nadie más haya visto.

La respuesta llegó al amanecer: un video donde ella sostenía un cuchillo antiguo, de hoja curva, jugando con él entre sus dedos, acercándolo peligrosamente a sus pechos. Martín sintió una excitación mezclada con horror que nunca había experimentado. Cerró los ojos y, por un segundo, no vio el cuchillo en las manos de ella, sino en las suyas propias, rasgando la lencería negra hasta que no quedara nada que esconder. Abrió los ojos, jadeando, pero no sintió culpa, solo hambre.

Sus peticiones se fueron tornando más oscuras. Escenarios de sumisión, humillación, situaciones que rozaban lo peligroso. Ella siempre cumplía, siempre en silencio, siempre con la máscara firme en su lugar.

La obsesión por verle la cara fue creciendo en Martín, hasta que se convirtió en un ardor insoportable. 

—Solo quiero verte, solo una vez —le escribía casi a diario. Ella siempre respondía con la misma lenta negación con la cabeza. 

En casa, su comportamiento cambió drásticamente. Se volvió irritable, distante. Pasaba horas encerrado en su estudio con la excusa de proyectos importantes. Una noche, mientras Laura golpeaba la puerta pidiéndole que saliera a cenar con Mateo, pensó que sus voces eran un ruido molesto, como el zumbido de miles de moscas revoloteando la mierda.

Laura intentaba hablar con él, le decía que le preocupaba su salud, que la preocupaban esas ojeras, esa brusca pérdida de peso.

—Estoy bien, es el estrés del trabajo nomás. 

Y después revisaba compulsivamente el celular, esperando alguna notificación.

Una tarde, mientras Martín estaba en la ducha, su teléfono vibró sobre la mesa del comedor. Unos segundos, y oyó lo que tanto había temido oír durante los últimos meses:

—¡Estás gastando el dinero de la universidad de tu hijo en pornografía!— Las palabras de Laura resonaron por toda la casa. —¿En qué mierda estás pensando, Martín?

Después ella le mostró la notificación: “La Enmascarada ha aceptado tu pago de quinientos mil pesos”

—No es lo que parece —respondió casi por compromiso, sabiendo que era exactamente lo que parecía.

—¿No es lo que parece? —Laura le arrojó los extractos bancarios que, revolviendo y revolviendo, cada vez más alocadamente, acababa de encontrar—. ¿Y esto? ¿Cómo me vas a explicar que hayas vaciado nuestros ahorros? ¿Qué le vamos a decir a los chicos cuando no podamos pagarle los estudios? ¿Qué papá es un pajero enfermo de mierda?

Martín no tenía respuestas. O, al menos, no tenía respuestas que pudiera compartir. Hubiera deseado tener una máscara y que le bastara con gestos mínimos para complacer a sus seguidores. Pero esto no era Onlyfans, esta era su casa y la que tenía enfrente era su mujer. ¿Cómo explicarle a Laura una adicción que ni él mismo comprendía? ¿Cómo describir la necesidad de ver lo que había detrás de esa máscara blanca?

—Necesito ayuda —murmuró finalmente, aunque sin verdadera convicción.

Laura lo miró con una mezcla de asco y lástima. Martín sintió un pinchazo de algo, quizás vergüenza, pero lo aplastó rápido. Que se fuera, pensó. Que se llevara al pendejo y me deje en paz con ella.

Cuando Mateo llegó del colegio, Laura lo obligó a cambiarse en cinco minutos. Después lo arrastró con ella fuera de la casa, sin decir una sola palabra.

Esa noche, solo en la casa vacía, Martín tocó fondo. O eso creía él. El fondo estaba mucho más abajo de lo que podía imaginar.

Con manos temblorosas, ingresó a su home banking. Quedaba un último recurso: la herencia que había recibido Laura de su padre. Laura había querido meterlo en una cuenta remunerada, por las dudas. Ese dinero lo habían apartado para cualquier emergencia familiar.

Transfirió todo a La Enmascarada con un mensaje simple:

—Todo lo que tengo. Todo por verte la cara. Una sola vez.

La respuesta llegó tres días después, durante los que Martín apenas durmió o comió. Seguía solo en la casa, Laura no había llamado ni daba señales de querer volver. Sí lo habían llamado de la clínica para advertirle que su puesto peligraba si seguía faltando.

Nada de eso importaba. Solo ella. Solo la respuesta.

—Una transmisión privada. Solo para vos. Esta noche a las tres de la mañana.

Martín sintió que el corazón se le salía del pecho. Pasó las siguientes horas en un estado de ansiedad febril, preparándose para el momento. Se duchó nuevamente, se afeitó, incluso cambió las sábanas de su cama por unas limpias.

Desde la una de la madrugada se sentó frente a la computadora para esperarla. Sus manos temblaban tanto que tuvo que intentar tres veces antes de escribir correctamente su contraseña. La conexión tardaba una eternidad. El sudor le enchastraba la frente.

Exactamente a las tres, ella apareció en la pantalla. La habitación era diferente esta vez. Más oscura, iluminada únicamente por velas negras que proyectaban sombras danzantes contra las paredes de piedra. La Enmascarada vestía una ajustada pieza de encaje negro, contrastando dramáticamente con su máscara blanca e inexpresiva.

—Acá estoy —logró escribir Martín. 

Una pequeña luz verde parpadeó en la esquina, indicando que su webcam estaba activa, proyectándolo en la penumbra del cuarto.

Ella inclinó ligeramente la cabeza, como reconociendo su presencia.

—Quiero verte… Por favor.

La Enmascarada permaneció inmóvil durante una eternidad. Después, levantó las manos como un sacerdote alzando la hostia de un rito prohibido, inexorable y sagrado, hacia los bordes de la máscara. Martín contuvo la respiración. Podía escuchar los latidos de su propio corazón retumbando en sus oídos.

Las manos de ella dudaron un instante, como si reconsiderara. Martín estaba a punto de escribir otra súplica cuando vio que finalmente comenzaba a levantar la máscara.

El aire se espesó de golpe, como si el mundo contuviera el aliento.

La cara que apareció detrás de la máscara hizo que la sangre de Martín se congelara instantáneamente en sus venas.

Era Camila.

Su hija lo miraba desde la pantalla, creyó ver una sonrisa torcida que no pertenecía a ella. Sus ojos estaban vacíos, como pozos negros que absorbían toda la luz de la habitación.

— No... no puede ser —murmuró Martín, retrocediendo en su silla.

Pero ahí estaba. Su hija. La misma niña que había dormido en la habitación al final del pasillo. La misma niña a la que había besado en la frente antes de irse a la cama. Reconoció la cicatriz en su frente, la misma que él había suturado cuando apenas era una niña.

Un silencio absoluto inundó la habitación mientras padre e hija se miraban a través de la pantalla. El cerebro de Martín intentaba desesperadamente negar lo que sus ojos veían. No podía ser.

—Así no me gusta —dijo—, volvé a ponerte la máscara. Ahora quiero verte desnuda. Quiero verte toda. 


FIN


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